HACIA BELLAVISTA
Sales de casa antes de que salga el sol, el trayecto del bus urbano se hace eterno aunque no son muchos los kilómetros desde la estación. Vas observando a los lados, durante el recorrido, un paisaje de miseria y desolación atravesada por una calle estrecha que conduce a Bellavista, lugar que no hace honor a su nombre.
Al bajar del bus corren hasta a ti: niños, jóvenes y mujeres que te ofrecen desde un pañuelo blanco hasta el puesto en la fila, un mercadillo ambulante que te ofrece todo lo que es necesario para entrar a la cárcel, y más… Allí todo se paga, todo tiene un precio, hasta los guardias que dejan entrar a algunas mujeres que no hacen la fila, si les pagan unos pesos.
Las paredes del lugar son murallas blancas curtidas de tanto polvo, de tanta lluvia, de tanto lamento, de tanta injusticia. Las puertas azules son como para el paso de elefantes pero la abren solo un poco, como para que pasen hormigas.
Caminas desde la entrada, todavía afuera y comienzas a ver a las mujeres que esperan para entrar y han llegado antes que tú. Ojos cansados de abrirse sin haber salido el sol, rostros que se debaten entre la angustia y la alegría de entrar a ver a sus amados hijos, compañeros, padres, hermanos, primos, amigos... puede ser cualquiera de ellos y otros.
Todas llevan sus pies desnudos, como el alma, mujeres que no se han vencido ante el horror y las historias cruentas vividas y escuchadas, mujeres con el amor que las llena de fuerza para entregar a quienes ven, mujeres que sin tener nada, sacan de cualquier forma y de alguna parte regalos y alimentos para entregar a sus visitados. Les miras a todas y recorres la fila poco a poco para situarte en ella y poder entrar.
Una calle
Dos
Tres
Cuatro...
Has llegado al final y eres otra más en la espera, pronto serás un número.
La hilera va corriendo sin prisa y observas a tu alrededor, al frente, atrás... sólo hay mujeres y niños. Algunos rostros sonríen descubriendo tu falta de experiencia, saben que llegas por primera vez y te hablan explicándote las cosas que debes saber antes de entrar, otras prefieren mirar a otro lado o bajar su mirada para no tener que hablar ni saber de historias ajenas, tal vez porque con la suya ya tienen suficiente, les basta para sufrir en silencio su condena y su encierro, porque como decía una mujer mayor, ya cansada por los años y la espera: “Aquí condenan a nuestros hombres y a nosotras también, ellos sufren su pena encerrados y nosotras la sufrimos afuera”.
Ha pasado una hora y estás próxima a las vallas que marcan la frontera entre quienes entran y no. Eres la número 956 de la segunda tanda de mujeres que ha entrado, lo sabes porque han marcado tu brazo con el primer sello. Sigues caminando y al fin llegas a la puerta azul de elefante donde verifican tu permiso de ingreso, pasas al segundo sello que indica para qué patio vas y entregas tus documentos. Llegas al tan mencionado y temido Túnel, no es como lo imaginabas ¡por fortuna! -en tus sueños era peor- El túnel también es conocido como “el gallineral o gallinero”, porque este lugar parece un corral de gallinas con canales que marcan la fila, mallas de alambre que suben hasta el techo y un paso muy estrecho. Aquí la espera es más larga que afuera, la puerta del gallinero se abre cada 15 o 20 minutos para dejar salir de 60 a 80 mujeres cada vez y cuando esto sucede es como si abrieran la puerta que da inicio a una carrera donde el trofeo es adelantarse uno o dos puestos.
Cada vez que se abre la puerta del corral las mujeres comienzan a gritar a alguna que no estaba atenta, ríen y salen corriendo loma arriba con la esperanza de adelantarse y llegar más rápido a la meta, a veces el intento es fallido, no es fácil porque ellas van cargadas con grandes paquetes de comida, bolsas de ropa, mantas, y presentes, van con peso extra y vestidas con faldas y sandalias que no les permite un largo vuelo…entonces comprendí en ese momento por qué el nombre del gallineral...
Las que se quedan sin salir aún de este lugar siguen contando sus historias y hay tiempo para escucharlas. Aquí todas somos iguales por un momento, se desdibujan los roles, las profesiones, los rangos, los estratos... todas somos mujeres con un objetivo común, todas en la misma situación, con iguales condiciones, confiando las historias que jamás cuentan afuera. Las mujeres que encuentras aquí no juzgan ni condenan a las otras por hacer la fila, ya saben lo duro de esos actos y el significado de las palabras. Aquí escuchas historias de amor, esperanza y encanto, historias de horror, injusticia y desencanto, historias que podrían aterrorizarte e historias que ayudan a tranquilizarte. Tantas, tantas son, que ni la eterna espera alcanza para escucharlas y recordarlas todas.
Sales del corral y llegas a la tercera fila en otro túnel pequeño y estrecho más arriba donde esperas poco y notas que varió la fila porque algunas han logrado adelantarse y otras quedaron atrás en la carrera. cuando sales de este, llegas a un salón amplio y gris desteñido y cada vez se parece más a una cárcel, comienzas a ver los barrotes, las puertas de seguridad, las alarmas, los guardias y las requisas...
Pasas a las mesas que hay en el lugar, cuando te lo ordene un guardia y desempacas todo lo que llevas en maletines o bolsas, lo más rápido posible para que el guarda no se enoje y te trate bien dentro de las circunstancias. Tu deseo es que nada dañen mientras chuzan los alimentos y revisan las cartas y regalos. Si hay algo que ellos consideren que no debes entrar te hacen devolver por todos los pasillos que ya has recorrido, hasta afuera, allá en la puerta azul de elefantes a buscar quien te lo guarde y debes ser rápida porque si no, te toca hacer las filas nuevamente.
Cuando todo está revisado, te ganas el tercer sello y pasas a la última requisa donde solo puedes llevar contigo un pañuelo blanco… Empiezas a sentir el temblor y el frío de la incomodidad. Te diriges entonces a un cubículo nada agradable, donde te espera una guardia sentada con cara de mal humor, y hasta la entiendes porque debe ser agotador estar sentada allí toda la mañana tocando más de mil sexos para verificar que sean mujeres las que entran y que no lleven nada escondido. Así, con la sensación de que te han invadido el cuerpo, Pasas la más dura prueba y recoges tus bolsas al otro lado del cubículo donde te ponen el sello final, un sello de agua que nada calma, que recibes ya cansada de tantas marcas, de tantas filas, de tanta espera, de tanto peso y después de que te han tocado, pero levantas tu frente en alto porque nada de eso importa ahora que estás a pocos pasos de verlo, nada importa ahora que ya estás adentro

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